De nuevo fui víctima de acoso en un tren de cercanías. Hace un par de días y con risa y pretexto de frío, la mujer que cada mañana aterriza a mi lado lo hizo tan pegada a mi muslo izquierdo que a poco más se duerme sobre mi regazo. Hoy soplaba un aire caliente que presagiaba lluvias torrenciales y la mujer acabó depositando sus posaderas sobre mis muslos con idéntica risa pero pretexto nuevo, no fuera que la salpicara el futuro del loco de turno. Porque asistíamos a un espectáculo de sesión matutina. En mi estación tomó el tren un individuo con aspecto degradado in extremis y olor a truenos y rayos infernales de la poca agua que había visto en meses y de la mucha mugre que transportaba. En los dos minutos necesarios para alcanzar la siguiente parada el individuo en cuestión, con una mano bajo la camisa sugiriendo una pistola, recorrió a alta velocidad los vagones del lento tren al grito de, Todos al suelo, esto es un atraco, vayan sacando sus objetos de valor, oro, joyas y dinero. La gente se miraba sorprendida y risueña, preguntándose a santo de qué y quién había subvencionado tan roñoso espectáculo ferroviario. Al llegar a la estación, como todos los laborables, subió al tren mi acosadora particular y se sentó con el Buenas de rigor preguntando el porqué del alboroto. En breve fue informada del motivo por los viajeros circundantes y rió la broma en tanto aireaba baratijas y abono de transporte, como diciendo, A mi plin, yo no duermo en pikolín. Vamos, que ni a Pancho Villa se le hubiera ocurrido asaltar un tren de currantes a horas en que las calles no han sido colocadas. La mujer echó un vistazo para ubicar al performer y viéndolo venir lanzado se arrimó con sonrisa protectora. En los diez minutos siguientes el hombre recorrió los pasillos del tren en tanto despojaba harapos y mugre asociada. En la primera ronda de cintura para arriba y en la segunda como desnudo integral. A la tercera iba muerto de risa y meneaba el pingajillo con la mano derecha. Aquí la mujer, aduciendo que no quería ser salpicada por los probables de aquel individuo, pegó un bote y asentó sus posaderas sobre mis muslos con sonrisa triunfal hacia su amiga y acompañante diaria, más que la de Colón cuando pergeñaba el futuro de la República Dominicana, una de conquistadora, que no conquistadora. Me pregunto si para desatar una tormenta hormonal necesitamos imaginarnos víctima de secuestro con atraco y desnudo integral o basta con sugerirlo a tu compañía de viaje.